1. la Revolución Francesa.
La Revolución Francesa fue
un proceso social y político que se desarrolló en Francia entre 1789 y 1799
cuyas principales consecuencias fueron la abolición de la monarquía absoluta y
la proclamación de la República, eliminando las bases económicas y sociales del
Antiguo Régimen. Esta revolución será considerada como parte de las
revoluciones con connotación burguesa, y la pionera e inspiradora de las que la
sucederían durante el siglo XIX.
Si bien la organización
política de Francia osciló entre república, imperio y monarquía durante 75 años
después de que la Primera República cayera tras el golpe de Estado de Napoleón
Bonaparte, lo cierto es que la revolución marcó el final definitivo del
absolutismo y dio a luz a un nuevo régimen donde la ciudadanía, y en algunas
ocasiones las masas populares, se convirtieron en la fuerza política dominante
en el país.
1.2.
Causas de la Revolución.
Muchos factores influyeron
en la Revolución. Hasta cierto punto el régimen monárquico sucumbió a su propia
rigidez en un mundo cambiante; también influyeron el surgimiento de una clase
burguesa (que cobraba cada vez mayor relevancia), el descontento de las clases
más bajas y, no menos importante, la expansión de las nuevas ideas liberales
que surgieron en esta época y que se conocen como «La Ilustración».
Las causas de la
Revolución incluyen:
- El auge de la burguesía,
con un poder económico cada vez mayor, desempeñando un papel fundamental en la
economía de la época.
- El resentimiento contra
el absolutismo monárquico.
- El resentimiento contra
el sistema feudal por parte de la emergente clase burguesa y de las clases
populares.
- La aparición de nuevas
ideas en este «Periodo de Ilustración» tales como las expuestas por Voltaire,
Rousseau o Montesquieu, como eran:
-
La libertad.
-
Fraternidad
-
Igualdad.
- El rechazo a una sociedad dividida.
- La separación de poderes.
Estas causas fueron
rompiendo el prestigio de las instituciones del Antiguo Régimen y ayudaron a su
derrumbe.
La inmanejable deuda del
estado, fue exacerbada por un sistema de desigualdad social y de altos
impuestos que los estamentos privilegiados (nobleza y clero) no tenían
obligación de pagar. Esto agudizó las tensiones, tanto sociales como políticas.
Se produjo una crisis económica muy grande a consecuencia de dos hechos
fundamentales:
- La colaboración de
Francia a la independencia americana.
- La disminución de los
precios agrícolas.
-Todas éstas supusieron un
aumento de los gastos del Estado y el descenso de los beneficios para los
terratenientes y los campesinos.
- La escasez de alimentos
en los meses precedentes a la Revolución.
- Resentimiento por los
privilegios de los nobles y el dominio de la vida pública por parte de una
ambiciosa clase profesional.
1.2. Antecedentes.
La revolución francesa fue
producto de muchos factores internos y externos los cuales tuvieron mucha importancia a la hora de la
manifestación en general, es importante mencionar también que estos hechos
fueron provocados por el desequilibrio de la nación económica, social y
culturalmente ya que no todos estaban en condiciones de igualdad.
La actividad
revolucionaria comenzó a gestarse cuando en el reinado de Luis XVI (1774-1792)
se produjo una crisis en las finanzas reales, que en aquel entonces se
equiparaban a las finanzas del Estado, debido al crecimiento de la deuda
pública.
Si bien Francia era un
país con una economía en expansión, tenía una estructura social conflictiva y
un estado monárquico en crisis. De hecho, puede hablarse de una crisis del
Antiguo Régimen en toda Europa Occidental, pero la forma en que esta crisis se
dio en el Estado francés, y la existencia dentro del tercer estado de una
burguesía que había adquirido conciencia de su papel, explican que pudiera
darse en Francia una revolución con consecuencias mucho mayores a las que
tuvieron otros levantamientos de corte liberal de la época.
Existía una oposición
generalizada contra reglas económicas y sociales que favorecían a grupos
privilegiados. El Estado francés padecía una grave crisis financiera (gastaba
mucho más de lo que ingresaba), en parte debido al apoyo económico enviado por
el gobierno a las 13 colonias inglesas en la guerra de independencia.
Durante el reinado de Luis
XV y Luis XVI, diferentes ministros, incluyendo Turgot y Necker, trataron sin
éxito de modificar el sistema impositivo y convertirlo en un sistema más justo y
uniforme. Tales iniciativas encontraron fuerte oposición en la nobleza, que se
consideraba a sí misma garante en la lucha contra el despotismo. Tras la
renuncia de estos ministros, se nombró en 1783 a Charles de Calonne a cargo de
las Finanzas.
Calonne indicó, tras un
estudio detallado de la situación financiera, que ésta no era sostenible y que
se precisaba llevar a cabo reformas importantes. En particular, prescribía un
código tributario uniforme en lo concerniente a la tenencia de tierras.
Aseguraba que así se permitiría un saneamiento de las finanzas. Sin embargo,
aunque Calonne convenció al rey de la necesidad de la reforma propuesta, la
Asamblea de los Notables rehusó aceptar estas medidas, insistiendo en que
únicamente podía aprobar dicha reforma un órgano representativo preferentemente,
los Estados Generales («états généraux»). El rey, viendo que Calonne se había
convertido en un estorbo, lo despidió y reemplazó por Étienne de Loménie de
Brienne, el arzobispo de Toulouse, quien había sido líder de la oposición en la
Asamblea.
Brienne intentó llevar a
cabo las reformas propuestas por Calonne, pero éstas encontraron nuevamente una
fuerte oposición, sobre todo por parte del Parlamento de París. Brienne trató
de proseguir con la reforma tributaria a pesar de los parlamentos, pero esto
ocasionó una masiva resistencia de los grupos pudientes que desembocó en el
retiro de los préstamos a corto plazo. Tales préstamos daban oxígeno y vida a
la economía del estado francés en aquel momento, por lo que esto indujo,
prácticamente, una situación de bancarrota nacional.
Derrotado, Brienne
renunció en agosto de 1788 y Necker volvió a tomar las riendas de las finanzas
francesas. Fue también por aquellos días que se convocó (para mayo de 1789) a
los Estados Generales, por primera vez desde 1614.
1.3 Los Estados Generales
de 1789.
Los Estados Generales estaban
formados por los representantes de cada estamento. Éstos estaban separados a la
hora de deliberar y tenían un solo voto por estamento. La convocatoria fue un
motivo de preocupación para la oposición, por cuanto existía la creencia de que
no era otra cosa que un intento, por parte de la monarquía, de manipular la
asamblea a su antojo. La cuestión que se planteaba era importante. Estaba en
juego la idea de Soberanía Nacional, es decir, admitir que el conjunto de los
diputados de los Estados Generales representaba la voluntad de nación.
El periodo previo a la
asamblea de los Estados Generales fue de gran tumulto político, particularmente
en la determinación del sistema de votación. El Parlamento de París propuso que
se mantuviera el sistema de votación que se había usado en 1614, si bien los magistrados
no estaban muy seguros acerca de cómo fue en realidad tal sistema. Sí se sabía,
en cambio, que en dicha Asamblea estuvieron representados (con el mismo número
de miembros) el clero (Primer Estado), la nobleza (Segundo Estado) y el resto
de la población (Tercer Estado). Inmediatamente, un grupo de liberales
parisinos denominado «Comité de los Treinta», compuesto principalmente por
gente de la nobleza, comenzó a protestar y agitar, reclamando que se duplicara
el número de asambleístas con derecho a voto del Tercer Estado (es decir, los
«Comunes »). El gobierno aceptó esta propuesta, pero dejó a la Asamblea la
labor de determinar el derecho de voto. Este cabo suelto creó gran tumulto.
El rey y una parte de la
nobleza no aceptaron la situación. Los miembros del Tercer Estamento se
autoproclamaron Asamblea Nacional, y se comprometieron a escribir una
Constitución.
Sectores de la
aristocracia confiaban en que estos Estados Generales pudieran servir para
recuperar parte del poder perdido, pero el contexto social ya no era el mismo
que en 1614. Ahora, dentro del Tercer Estado existía una élite burguesa que
tenía una serie de reivindicaciones e intereses que chocarían frontalmente con
los de la nobleza.
1.4. La Asamblea Nacional.
Cuando finalmente los
Estados Generales se reunieron en Versalles, el 5 de mayo de 1789, se
originaron grandes disputas respecto al tema de las votaciones. Por esta causa,
el 28 de mayo los miembros del Tercer Estado debieron verificar sus propias
credenciales. El proceso finalizó el 17 de junio, cuando los miembros del
Tercer Estado se declararon como únicos integrantes de la Asamblea Nacional:
ésta no representaría a las clases pudientes sino al pueblo en sí. La primera
medida de la Asamblea fue votar la «Declaración de los Derechos del Hombre y
del Ciudadano». Si bien invitaron a los miembros del Primer y Segundo Estado a participar
en esta asamblea, dejaron en claro sus intenciones de proceder incluso sin esta
participación.
La monarquía, opuesta a la
Asamblea, cerró las salas donde ésta se estaba reuniendo. Los asambleístas se
mudaron a un edificio cercano, donde la aristocracia acostumbraba a jugar el
juego de la pelota, conocido como Jeu de paume. Allí es donde procedieron con
lo que se conoce como el «Juramento del Juego de la pelota» el 20 de junio de
1789, prometiendo no separarse hasta tanto dieran a Francia una nueva
constitución. La mayoría de los representantes del clero se unieron a la
Asamblea, al igual que 47 miembros de la nobleza. Ya el 27 de junio, los
representantes de la monarquía se dieron por vencidos. También por esa fecha
grandes contingentes de tropas militares comenzaron a llegar a París y
Versalles. Los mensajes de apoyo a la Asamblea llovieron desde París y otras
ciudades. El 9 de julio la Asamblea se nombró a sí misma «Asamblea Nacional
Constituyente».
2. ESTALLA LA REVOLUCION.
2.1. La toma de la
Bastilla.
El 11 de julio de 1789, el
rey Luis XVI, actuando bajo la influencia de los nobles conservadores al igual que la de su esposa,
María Antonieta y su hermano, el Conde D’Artois, despidió al ministro Necker y
ordenó la reconstrucción del ministerio de Finanzas. Gran parte del pueblo de
París interpretó esta medida como un auto-golpe de la realeza, y se lanzó a la
calle en abierta rebelión. Algunos de los militares se mantuvieron neutrales,
pero otros se unieron al pueblo.
El 14 de julio el pueblo
de París respaldó en las calles a sus representantes y, ante el temor de que
las tropas reales los detuvieran, asaltaron la fortaleza de la Bastilla,
símbolo del absolutismo monárquico. Tras cuatro horas de combate, los
insurgentes tomaron la prisión, matando a su gobernador, el Marqués Bernard de
Launay. Si bien sólo cuatro presos fueron liberados, la Bastilla se convirtió
en un potente símbolo de todo lo que resultaba despreciable en el antiguo
régimen. Retornando al Ayuntamiento, la multitud acusó al Alcalde Jacques de
Flessilles de traición, siendo ejecutado.
La Revolución se fue
extendiendo por ciudades y pueblos, creándose nuevos ayuntamientos que no
reconocían otra autoridad que la Asamblea Nacional. Los campesinos dejaron de
pagar impuestos y destruyeron castillos y todo lo que simbolizara al
feudalismo. La Asamblea Nacional, ante los nuevos acontecimientos, suprimió las
servidumbres personales (abolición del feudalismo) y los diezmos, además de
abolir las justicias señoriales, instaurando la igualdad ante el impuesto, ante
penas y en el acceso a cargos públicos. El rey, junto con sus seguidores
militares, retrocedió al menos por el momento. Lafayette tomó el mando de la
Guardia Nacional de París y Jean-Sylvain Bailly, presidente de la Asamblea
Nacional, fue nombrado nuevo Alcalde de París. El rey visitó París el 27 de
julio y aceptó la bandera tricolor.
Sin embargo, después de
esta violencia, los nobles, no muy seguros del rumbo que tomaría la
reconciliación temporal entre el rey y el pueblo, comenzaron a salir del país,
algunos con la intención de fomentar una guerra civil en Francia y de llevar a
las naciones europeas a respaldar al rey. Éstos fueron conocidos como los
«émigrés» (los emigrados).
La insurrección y el
espíritu de poder popular siguieron extendiéndose por toda Francia. En las
áreas rurales se llevaron a cabo actos de quema de títulos sobre tierras, y
varios castillos y palacios fueron atacados. Esta insurrección agraria se
conoce como «El Gran Miedo».
2.2. La abolición del
feudalismo.
En agosto de 1789, la
Asamblea Nacional abolió el feudalismo, eliminando los derechos señoriales
del Segundo Estado (los nobles) y las prebendas que recibía el Primer
Estado (el clero). En cuestión de horas, los nobles, el clero, las provincias,
ciudades, pueblos y compañías perdieron sus privilegios. El curso de los
acontecimientos estaba ya marcado, si bien llevó cuatro años la implantación
del nuevo proceso que cambió todo el curso de la historia.
2.3. Pérdida de poder de
la Iglesia.
La Revolución originó un
masivo traspaso de poder de la Iglesia al Estado. En 1790 se eliminó la
autoridad de la Iglesia para imponer impuestos sobre las cosechas, se
eliminaron también los privilegios del clero y se confiscaron los bienes de la
Iglesia. Bajo el antiguo régimen la Iglesia era el mayor terrateniente del
país. Más tarde se promulgó legislación que convertía al clero en empleados del
Estado.
Éstos fueron unos años de
dura represión para el clero, siendo comunes la prisión y masacre de sacerdotes
en toda Francia. El Concordato de 1801 entre la Asamblea y la Iglesia finalizó
este proceso y establecieron normas de convivencia que se mantuvieron vigentes
hasta el 11 de diciembre de 1905 cuando la Tercera República sentenció la
separación definitiva entre la Iglesia y el Estado.
2.4. La aparición de las
facciones.
Pronto comenzaron a
aparecer facciones dentro de la Asamblea. El aristócrata Jacques Cazales y el
abad Jean-Sifrein Maury encabezaron un grupo derechista opuesto a la
Revolución. Otros, como Jean Mournier, el Conde de Lally-Tollendal, el Conde de
Clemont-Tonnerre y el Conde de Virieu, formaron un grupo denominado «Demócratas
Realistas», que abogaba por el establecimiento de un régimen parecido al
británico. Por otra parte, Mirabeau, Lafayette, Jacques Leixirk y Bailly
representaban el ala centroizquierdista de la asamblea. No faltaban los
radicales izquierdistas entre los que destacaba el abogado Maximiliano
Robespierre.
El 26 de agosto de 1789 la
Asamblea publicó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano
inspirándose en gran parte en la Declaración de Independencia de los Estados
Unidos y estableciendo el principio de libertad, igualdad y fraternidad. Dicha
declaración establecía una serie de principios más que una constitución con
efectos legales.
2.5. Camino a la
Constitución.
La Asamblea Nacional
Constituyente no era sólo un órgano legislativo sino la encargada de redactar
una nueva Constitución. Algunos, como Necker, favorecían la creación de una
asamblea bicameral en donde el senado sería escogido por la Corona entre los
miembros propuestos por el pueblo. Los nobles, por su parte, favorecían un
senado compuesto por miembros de la nobleza elegidos por los propios nobles.
Prevaleció, sin embargo, la tesis liberal de que la Asamblea tendría una sola
cámara, quedando el rey sólo con el poder de veto, pudiendo posponer la
ejecución de una ley, pero no su total eliminación.
El movimiento de los
monárquicos para bloquear este sistema fue desmontado por el pueblo de París,
el cual marchó el 5 de octubre de 1789 a Versalles. Tras varios incidentes, el
rey y su familia se vieron obligados a abandonar Versalles y se trasladaron a
Las Tullerías en París.
Desde el aniversario de la
toma de la Bastilla hasta la muerte de Mirabeau Los electores habían escogido a
los miembros de los Estados Generales por un periodo de un año, pero de acuerdo
al Juramento del Jeu de paume, los miembros del Tercer Estado, también llamados
los «comunes», acordaron no abandonar la Asamblea en tanto no se hubiera elaborado
una Constitución.
Durante 1790 se
intensificó la lucha política e incluso se produjeron movimientos anti-revolucionarios,
pero sin éxito. En este periodo se comenzaron a formar «clubes» políticos entre
los que destacaban los Jacobinos. En agosto de 1790 existían 152 clubes
jacobinos.
Mientras tanto, la
Asamblea trabajaba para establecer una nueva Constitución. Una nueva organización
judicial dio características temporales a todos los magistrados y total
independencia de la Corona. Al rey sólo le quedó el poder ejecutivo. La
asamblea, por su parte, eliminó todas las barreras comerciales y suprimió las
organizaciones empresariales y obreras; en adelante, los individuos que
quisieran desarrollar prácticas comerciales necesitarían una licencia, y se
abolió el derecho a la huelga.
A principios de 1791, la
Asamblea consideró introducir una legislación contra los franceses que
emigraron durante la Revolución («émigrés»). Se pretendía coartar la libertad de
salir del país. Mirabeau se opuso rotundamente a esto. Sin embargo, el 2 de
marzo de 1791 Mirabeau fallece, y la Asamblea adopta esta draconiana medida.
El 20 de junio de 1791,
Luis XVI, opuesto al curso que iba tomando la Revolución, huyó junto con su
familia de las Tullerías. Sin embargo, al día siguiente cometió la imprudencia
de dejarse ver, fue arrestado en Varennes por un oficial del pueblo y devuelto
a París escoltado por la guardia. A su regreso a París el pueblo se mantuvo en
silencio, y tanto él como su esposa, Maria Antonieta, permanecieron bajo custodia.
2.6. Los últimos días de
la Asamblea Constituyente.
Aun cuando existía una
fuerte corriente política que favorecía la monarquía constitucional, al final
venció la tesis de mantener al rey como una figura decorativa. Jacques Pierre
Brissot introdujo una petición insistiendo en que, a los ojos del pueblo, Luis
XVI había sido depuesto por el hecho de su huida. Una inmensa multitud se
congregó en el Campo de Marte para firmar dicha petición. Georges Danton y Camille
Desmoulins pronunciaron discursos exaltados. La Asamblea pidió a las
autoridades municipales guardar el orden. Bajo el mando de Lafayette, la Guardia
Nacional se enfrentó a la multitud. Al principio, tras recibir una oleada de
piedras, los soldados respondieron disparando al aire; dado que la multitud no
cedía, Lafayette ordenó disparar a los manifestantes, ocasionando más de 50
muertos.
Tras esta masacre, las
autoridades cerraron varios clubes políticos, así como varios periódicos radicales
como el que editaba Jean-Paul Marat. Danton se fugó a Inglaterra y Desmoulins y
Marat permanecieron escondidos.
Mientras tanto, el rey
había sido restituido y la Asamblea había redactado la Constitución, la cual
fue aceptada por aquél. El rey pronunció un discurso ante la Asamblea, que fue
acogido con un fuerte aplauso. La Asamblea Constituyente cesó en sus funciones
el 29 de septiembre de 1791.
2.7. La Asamblea
Legislativa y la caída de la monarquía.
Bajo la Constitución de
1791, Francia funcionaría como una monarquía constitucional. El rey tenía que
compartir su poder con la Asamblea, pero todavía mantenía el poder de veto y la
potestad de elegir a sus ministros.
La Asamblea Legislativa se
reunió por primera vez el 1 de octubre de 1791, degenerando en un caos un año
después. La componían 165 monárquicos de la derecha, 330 girondinos (liberales republicanos)
y jacobinos (radicales revolucionarios) y 250 diputados no alineados con
ninguno de los grupos mencionados.
Este gran número de
diputados dio lugar a los partidos políticos o “clubes”. El más célebre de
entre éstos fue el partido de los jacobinos, dominado por Robespierre. A la
izquierda de este partido se encontraban los cordeliers (“cordeleros”), quienes
defendían el sufragio universal (derecho de todos los ciudadanos al voto). Los
cordeliers querían la eliminación de la monarquía e instauración de la
república.
Estaban dirigidos por
Jean-Paul Marat y Georges Danton, representando siempre al pueblo más humilde.
El grupo de ideas más moderadas era el de los girondinos, que defendían el
sufragio censitario y propugnaban una monarquía constitucional. También se
encontraban aquellos que formaban parte de “el pantano”, como eran llamados
aquellos que no tenían un voto propio, y que se iban por las proposiciones que
más les convenían, así ya vinieran de los jacobinos, ya de los girondinos. En
los primeros meses de funcionamiento de la Asamblea, el rey había vetado una
ley que amenazaba con la condena a muerte a los “émigrés”, y otra que exigía al
clero prestar juramento de lealtad al estado. Desacuerdos de este tipo fueron
los que llevaron más adelante a la crisis constitucional.
Mientras tanto, dos
potencias absolutistas europeas, Austria y Prusia, se dispusieron a invadir la
Francia revolucionaria, lo que hizo que el pueblo francés se convirtiera en un
ejército nacional, dispuesto a defender y a difundir el nuevo orden
revolucionario por toda Europa. Durante la guerra, la libertad de expresión
permitió que el pueblo manifestase su hostilidad hacia la reina María Antonieta
(llamada la “austriaca” por ser hija de un emperador de aquel país y “Madame
Déficit” por el gasto que representaba al Estado) y contra Luis XVI, que casi
siempre se negaba a firmar leyes propuestas por la Asamblea Legislativa.
El 10 de agosto de 1792,
las masas asaltaron el Palacio de las Tullerías, y la Asamblea Legislativa volvió
a suspender las funciones constitucionales del rey. La Asamblea acabó
convocando elecciones con el objetivo de configurar (por sufragio universal) un
nuevo parlamento que recibiría el nombre de Convención.
Aumentaba la tensión
política y social en Francia, así como la amenaza militar de las potencias europeas.
El conflicto se planteaba así entre una monarquía constitucional francesa en
camino de convertirse en una democracia republicana, y las monarquías europeas
absolutas.
El nuevo parlamento
elegido ese año abolió la monarquía y creó un nuevo calendario, según el cual
el año 1792 se convertiría en el año 1 de la nueva era.
El gobierno pasó a
depender de la Comuna insurreccional. Cuando la Comuna envió grupos de sicarios
a las prisiones, que asesinaron a 1.400 víctimas, y pidió a otras ciudades de
Francia que hicieran lo mismo, la Asamblea no opuso resistencia. Esta situación
persistió hasta el 20 de septiembre de 1792, en que se creó un nuevo cuerpo
legislativo denominado Convención, y que de hecho se convirtió en el nuevo
gobierno de Francia.
2.8. La Convención.
El poder legislativo de la
nueva República estuvo a cargo de la Convención, mientras que el poder
ejecutivo recayó sobre el Comité de Seguridad Pública.
En el Manifiesto de
Brunswick, los Ejércitos Imperiales y de Prusia amenazaron con invadir Francia
si la población se resistía al restablecimiento de la monarquía. Esto ocasionó
que Luis XVI fuera visto como conspirador con los enemigos de Francia. El 17 de
enero de 1793, la Convención condenó al rey a muerte por una pequeña mayoría,
acusándolo de «conspiración contra la libertad pública y la seguridad general».
El 21 de enero el rey fue ejecutado, lo cual encendió nuevamente la mecha de la
guerra con otros países europeos. La reina Maria Antonieta, nacida en Austria y
hermana del Emperador, fue ejecutada el 16 de octubre del mismo año,
iniciándose así una revolución en Austria para sustituir a la reina. Esto
provocó la ruptura de toda relación entre ambos países.
2.9. El reino del terror.
El mismo día en el que se
reunía la Convención, todas las tropas francesas (formadas por tenderos,
artesanos y campesinos de toda Francia) derrotaron por primera vez a un
ejército prusiano en Valmy, lo cual señalaba el inicio de las llamadas Guerras
Revolucionarias Francesas. El poder fue entregado a un Directorio formado por
cinco miembros, acabando aquí el proceso revolucionario.
Sin embargo, la situación
económica seguía empeorando, lo cual dio origen a revueltas de las clases más
pobres. Los llamados «sansculottes» expresaban su descontento por el hecho de
que la Revolución Francesa no sólo no estaba satisfaciendo los intereses de las
clases bajas sino que incluso algunas medidas liberales causaban un enorme
perjuicio a éstas (libertad de precios, libertad de contratación, Ley de
Chapelier, etc.). Al mismo tiempo se comenzaron a gestar luchas antirrevolucionarias
en diversas regiones de Francia, y la guerra amenazaba con destruir la
Revolución y la República.
Esto dio origen a un golpe
de estado por parte de los jacobinos, quienes buscaron el favor popular en
contra de los girondinos. La alianza de los jacobinos con los «sans-culottes» se
convirtió de hecho en el centro del gobierno.
Los jacobinos llevarían en
su política algunas de las reivindicaciones de los «sans-culottes» y las clases
bajas, pero no todas sus reivindicaciones serían aceptadas, y jamás se
cuestionó la propiedad privada. Los jacobinos no pusieron nunca en duda el
orden liberal, pero sí llevaron a cabo una democratización del mismo, pese a la
represión que desataron contra los opositores políticos (tanto conservadores como
radicales).
Se redactó en 1793 una
nueva Declaración de los derechos del
hombre y del ciudadano, y una nueva constitución de tipo democrático que
reconocía el sufragio universal. El Comité de Salud Pública cayó bajo el mando
de Maximilien Robespierre y los jacobinos desataron lo que se denominó el
Reinado del Terror (1793-1794). No menos de 1.200 personas fueron guillotinadas
ante acusaciones de actividades contrarrevolucionarias. La menor sospecha de
dichas actividades podía hacer recaer sobre una persona acusaciones que eventualmente
la llevarían a la guillotina.
En 1794, Robespierre
procedió a ejecutar a ultra-radicales y a jacobinos moderados. Su popularidad,
sin embargo, comenzó a erosionarse. El 27 de julio de 1794, ocurrió otra revuelta
popular, esta vez contra los excesos del Reinado del Terror. Los miembros
moderados de la Convención lograron derrocar y ejecutar a Robespierre y a otros
líderes del Comité de Salud Pública. La Convención aprobó una nueva
Constitución el 17 de agosto de 1795, ratificada el 26 de septiembre en un
plebiscito.
La nueva Constitución creó
un Directorio y la primera asamblea bicameral en la historia de Francia. El
Parlamento consistió en 500 representantes y 250 senadores. El poder ejecutivo recayó
sobre cinco directores nombrados anualmente, y fue conocido como el «Consejo de
los Ancianos». Estos directores eran seleccionados de una lista que preparaba
el senado.
2.10. Napoleón y la toma
del poder.
La nueva Constitución
encontró la oposición de grupos monárquicos y jacobinos. Hubo diferentes revueltas
que fueron reprimidas por el ejército, todo lo cual motivó que el general Napoleón
Bonaparte, retornado de su campaña en Egipto, diera el 9 de noviembre de 1799 un
golpe de estado (18 de Brumario) instalando el Consulado, que le daba de forma
efectiva poderes dictatoriales, cerrando con esto el capítulo histórico de la
Revolución Francesa y dando paso al futuro Primer Imperio Francés.
El nuevo gobierno
instaurado, a pesar de ser una monarquía, mejoraba las condiciones de vida del
tercer estamento, otorgándoles derechos y obligaciones morales y cívicas
iguales a los otros dos estamentos (el clero y los nobles); por lo que Napoleón
recibió un gran apoyo popular.
3. REVOLUCIÓN INDUSTRIAL.
Revolución Industrial,
proceso de evolución que conduce a una sociedad desde una economía agrícola
tradicional hasta otra caracterizada por procesos de producción mecanizados para
fabricar bienes a gran escala. Este proceso se produce en distintas épocas dependiendo
de cada país. Para los historiadores, el término Revolución Industrial es
utilizado exclusivamente para comentar los cambios producidos en Inglaterra
desde finales del siglo XVIII; para referirse a su expansión hacia otros países
se refieren a la industrialización o desarrollo industrial de los mismos.
Algunos autores para
referirse al desarrollo capitalista en el último tercio del siglo XX, con nuevas
organizaciones empresariales (trusts, holdings, cárteles), nuevas
fuentes energéticas (electricidad, petróleo) y nuevos sistemas de financiación
hablan de Segunda Revolución Industrial.
3.1. La experiencia Británica.
La primera Revolución
Industrial tuvo lugar en Reino Unido a finales del siglo XVIII; supuso una
profunda transformación en la economía y sociedad británicas. Los cambios más inmediatos
se produjeron en los procesos de producción: qué, cómo y dónde se producía.
El trabajo se trasladó de
la fabricación de productos primarios a la de bienes manufacturados y
servicios. El número de productos manufacturados creció de forma espectacular gracias
al aumento de la eficacia técnica. En parte, el crecimiento de la productividad
se produjo por la aplicación sistemática de nuevos conocimientos tecnológicos y
gracias a una mayor experiencia productiva, que también favoreció la creación
de grandes empresas en unas áreas geográficas reducidas. Así, la Revolución Industrial
tuvo como consecuencia una mayor urbanización y, por tanto, procesos migratorios
desde las zonas rurales a las zonas urbanas.
Se puede afirmar que los
cambios más importantes afectaron a la organización del proceso productivo. Las
fábricas aumentaron en tamaño y modificaron su estructura organizativa. En general,
la producción empezó a realizarse en grandes empresas o fábricas en vez de
pequeños talleres domésticos y artesanales, y aumentó la especialización
laboral. Su desarrollo dependía de una utilización intensiva del capital y de
las fábricas y maquinarias destinadas a aumentar la eficiencia productiva. La aparición
de nuevas máquinas y herramientas de trabajo especializadas permitió que los
trabajadores produjeran más bienes que antes y que la experiencia adquirida
utilizando una máquina o herramienta aumentara la productividad y la tendencia
hacia una mayor especialización en un proceso acumulativo.
La mayor especialización y
la aplicación de bienes de capital a la producción industrial creó nuevas
clases sociales en función de quien contratara y tuviera la propiedad sobre los
medios de producción. Los individuos propietarios de los medios de producción
en los que invertían capital propio se denominaron empresarios.
Cuando invierten capital
en una empresa sin participar directamente en ella se denominan capitalistas. Como
la Revolución Industrial se produjo por primera vez en Gran Bretaña, este país
se convirtió durante mucho tiempo en el primer productor de bienes industriales
del mundo.
Durante gran parte del
siglo XVIII Londres fue el centro de una compleja red comercial internacional que
constituía la base de un creciente comercio exportador fomentado por la
industrialización.
Los mercados de
exportación proporcionaban una salida para los productos textiles y de otras
industrias (como la siderurgia), cuya producción aumentaba rápidamente gracias
a la aplicación de nuevas tecnologías.
Los datos disponibles
sugieren que la tasa de crecimiento de las exportaciones británicas se
incrementaron de forma considerable a partir de la década de 1780. La
orientación exportadora y el aumento de la actividad comercial favorecieron aún
más el desarrollo de la economía: los ingresos derivados de las exportaciones
permitían a los productores británicos importar materias primas para crear productos
industriales; los comerciantes que exportaban bienes adquirieron una importante
experiencia que favoreció el crecimiento del comercio interior. Los beneficios
generados por ese desarrollo comercial fueron invertidos en nuevas empresas, principalmente
en mejora de la tecnología y de la maquinaria, aumentando de nuevo la
productividad, favoreciendo la dinámica del proceso.
3.2. La expansión del
proceso industrializador.
Gran Bretaña no fue el
único país que experimentó una Revolución Industrial. Los intentos de fechar
ese desarrollo industrial en otros países están sujetos a fuertes
controversias.
No obstante, los
estudiosos parecen estar de acuerdo en que Francia, Bélgica, Alemania y Estados
Unidos experimentaron procesos parecidos a mediados del siglo XIX; en Suecia y Japón
se produjo a finales del siglo; en Rusia y en Canadá a principios del siglo XX;
en algunos países de Latinoamerica, Oriente Próximo, Asia central y meridional
y parte de África a mediados del siglo XX. Cada proceso de industrialización
tiene características distintas en función del país y la época.
Al principio, la industria
británica no tenía competidores. Cuando se empezaron a industrializar otros
países tuvieron que enfrentarse a la ventaja acumulada por Gran Bretaña, pero también
pudieron aprovecharse de su experiencia.
En cada caso, el éxito del
proceso industrializador dependía del desarrollo de nuevos métodos de
producción, pero también de la modificación de las técnicas utilizadas para adaptarlas
a las condiciones imperantes en cada país y de la propia legislación vigente,
que favoreciera la implantación de maquinaria barata gracias a una disminución
de los aranceles, lo que, en ocasiones, podría perjudicar a otros sectores
sociales, como los campesinos, que veían cómo sus productos debían competir con
otros más baratos. Aunque la intervención pública para favorecer la
industrialización fue importante en el caso británico, el papel del Estado fue
mucho mayor en el caso alemán, ruso, japonés y en casi todos los países industrializados
durante el siglo XX.
Por definición, la
industrialización aumenta la renta per cápita nacional. También implica cambios
en la distribución de la misma, en las condiciones de vida y laborales y en los
valores sociales. La Revolución Industrial supuso, al principio, una reducción
del poder adquisitivo de los trabajadores y una pérdida de calidad en su nivel
de vida. Más tarde, se tradujo en un aumento de la calidad de vida de toda la
población del país industrializado. Estos aspectos siguen siendo objeto de
importantes trabajos de investigación.
3.3. La transformación
agraria.
Al mismo tiempo que tiene
lugar en Inglaterra la revolución industrial, se produce en el país una
importante transformación agrícola que favorece, además, la industrialización.
Vamos a ver en qué consisten estos cambios agrarios y cómo influyen sobre la
industria. En Inglaterra existían las llamadas «tierras comunales». Se trataba
de fincas grandes no pertenecientes a persona determinada, sino que eran
propiedad de alguna comunidad: aldea, pueblo o ciudad cuyos vecinos se
aprovechaban gratuitamente de ellas. Estas tierras comunales solían estar
dedicadas a pastos o a bosques, y permitían vivir a los más menesterosos:
cualquier habitante del pueblo podía llevar su ganado a pastar en la tierra
comunal y, de la misma manera, cualquier vecino, también gratuitamente, podía
recoger leña del bosque común, bien para su uso, bien para convertirla en
carbón y venderla después.
A mediados del siglo
XVIII, esta situación cambió. El gobierno publicó una ley por la que se suprimían
las «propiedades comunales». Así, estas tierras, que hasta entonces habían
pertenecido a los pueblos, fueron sacadas a pública subasta y compradas por los
más ricos: nobles u opulentos burgueses. El resultado, desde el punto de vista
social y humano, fue desastroso: los campesinos pobres y los jornaleros sólo
podían sobrevivir gracias a las «fincas comunales»; como ahora han
desaparecido, no tienen más remedio, para no morir de hambre, que dejar el
campo y trasladarse a la ciudad para trabajar como obreros en las nuevas
fábricas que en esos momentos se estaban levantando.
3.4. Situación del
proletariado.
Acabamos de ver cómo al
desaparecer las tierras comunales, muchos campesinos se trasladan a la ciudad.
De esta manera, en las ciudades industriales se va acumulando una masa de
personas en busca de trabajo. Esta abundancia de mano de obra es aprovechada
por los dueños de las fábricas (los capitalistas industriales), que contratan a
los obreros por salarios miserables. Así, la situación de estos trabajadores de
fábricas es espantosa. El sueldo que reciben apenas les da para comer, visten de
andrajos y habitan en inmundas chabolas a las afueras de la ciudad; están
sometidos, además, a una jornada laboral agotadora que no baja de las 14 horas
diarias.
Para colmo, muchas veces
los industriales, a fin de pagar todavía menos, lo que hacen es contratar a
mujeres y niños. De esta forma la masa trabajadora se halla siempre hambrienta,
y su vida media no suele superar los 40 años. Muchos matrimonios obreros no
pueden alimentar a sus hijos y se ven obligados a abandonarlos en los
orfelinatos. Estas instituciones se vieron tan sobrecargadas de niños, que comenzaron
a venderlos a las fábricas, convirtiéndolos así en verdaderos esclavos que trabajaban
sólo a cambio de la alimentación. Es todo ese mundo de miseria y de dolor que nos
describe Dickens en su novela «Oliver Twist».
3.5. El liberalismo
económico.
Es la doctrina elaborada
por la burguesía para justificar su enriquecimiento y la miseria de la clase
trabajadora.
Su principal representante
es el economista Adam Smith que, en 1776, publicó su obra titulada “Investigación sobre la naturaleza y
las causas de la riqueza de las naciones”. En ella se defiende la teoría que el
Estado debe mantenerse apartado de la economía del país, no debe fijar ni
precios ni salarios, ni debe proteger a los obreros. Los empresarios pueden actuar
con entera libertad y como mejor le parezca.
La misión del Estado es
simplemente la de policía: mantener el orden público pero sin intervenir para
nada en los asuntos económicos.
El lema del liberalismo
fue “Dejar hacer, dejar pasar; el mundo va por sí mismo”. Naturalmente, al
desentenderse el gobierno de las cuestiones sociales y económica al dejar a los
obreros en manos de los empresarios que fijaban a su antojo los sueldos, la
situación del proletariado fue empeorando continuamente, a medida que se
desarrollaba la industrialización.








